Escribo esto un domingo por la tarde, aunque lo publicaré algunos días después. Estoy sentada sobre mi cama, escuchando música y resguardándome del frío con el chaleco de lana que me tejió mi madrina hace unos cuantos años.
Pienso en los textiles, en los diversos procesos que existen para hilvanar bellos diseños en cada parte del mundo: palillo, telar, bolillo, bordado y todas esas técnicas que he explorado poco. Busco el diario que me acompañó el dos mil veintidós, sé que ahí hay algo escrito en relación al tejido y las cartas del tarot.
Primero, hay un dibujo de un as de oros, imagínenlo bello y colorido, teñido de tonos dorados que lo hacen ser más atractivo; aunque en realidad, en mi diario está dibujado con un lápiz de tinta verde. A su lado, un cuatro o seis de bastos, dibujado con el mismo lápiz, aunque aquí se nota más que estuve trazando sus líneas con grafito detrás del mismo y no me salía muy bien, pero por algún motivo no lo borré.
“EL DERECHO Y EL REVÉS DE UN BORDADO: Un enredo irreconocible hecho por una bordadora amateur con un bello resultado final.” – Escribo. El derecho del bordado claramente es el oro, el revés es como me hubiese quedado su parte posterior si realmente lo hubiera llevado a cabo. Me acuerdo que me gustaba contraponer cartas, como si no tuvieran un reverso, sino que una extensión de la misma, pasar mi mano sobre ellas e imaginar la textura que tendría cada parte, la suavidad del oro tejido por una parte y la sensación que tendría la yema de mi dedo al tocar la maraña de hilos de la parte contraria.
Luego divago en la misma hoja: “Bordes, dados”, “Board” (pizarra, tablero o junta en inglés.); “La reina de oros sería entonces, Penélope”; “La trama y el desenlace”. Así llego a conclusiones que guardo para algún día utilizar en una lectura de cartas; me gustaría recordar si realmente usé algo de esto en una sesión, aunque sí recuerdo haberles dado vuelta a algunos de estos conceptos durante un largo tiempo, pero eso me lo reservo.
Los bastos, pienso, pueden ser también, el abrigo que me cubre en los días fríos, los cimientos de mi hogar, el bastidor de los cuadros que aún no hago, el sostén de mi cuerpo al subir un cerro, las varillas de la carpa con la cual salgo a recorrer.
Miro los naipes de “batôn” y me dan ganas de comenzar a tejer, de reparar, de volver sobre mis pasos para hacer algo más pulcro o de dejar pasar esos que quedaron más tensos, porque al fin de cuentas, los chalecos artesanales tienen detalles que suman a su belleza.
Es domingo por la tarde y mi gata amasa el chaleco que me resguarda del frío.

[En la imágen un basto que encontré en internet, no sé de qué TdM será]

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