-
Tarot profesional
El año pasado escuché a mucha gente manifestar, decretar, enunciar que querían cumplir su sueño de ser tarotista profesional. En esta entrada no abordaré el concepto de “profesional” para referirse al ser tarotista de tiempo completo, ya hay mucho de eso en las redes; sino más bien, quiero detenerme a reflexionar – y a abrir la discusión – sobre quién o quiénes son estos tarotistas profesionales, qué implicancias laborales implica y hacia dónde nos dirigimos con esto o si incluso, hace que nos perdamos en el camino.
Me encontré con el tarot a finales del año 2019, en Chile nos encontrábamos en medio de una revuelta, recuerdo pedalear por la alameda entre fogatas nocturnas en medio de la calle, emocionarme con las demandas de la gente y el compañerismo que generaba estar luchando por lo que consideramos justo. Con mis amigas nos juntábamos en las plazas de Santiago o en el pasto de la universidad y de vez en cuando, nos tirábamos las cartas buscando el significado en libros o sitios web. En el verano del 2020, fui de vacaciones con mi familia y una amiga quienes me impulsaron a leer el tarot en la costanera de la pequeña bahía. Recuerdo los nervios, sentirme incapaz de cumplir porque siempre falta algo que ajustar, que mejorar, que aprender. Algunos le llaman síndrome del impostor, pero siendo honesta, realmente tenía poca práctica, así que decidí poner un cartel en un triangulito de cartulina: Tarot por aporte voluntario.
Se comenzaron a hacer filas, mi familia me miraba de lejos muertos de la risa e incrédulos a lo que estaba pasando. Yo le explicaba a la gente que estaba aprendiendo, que no veía el futuro como muchos querían, sino que interpretaba el presente a través de las cartas, que no había que tomárselo tan enserio y al mismo tiempo dejarse llevar por el relato porque lo mío era contar historias con las cartas. Me ayudaba de “La vía del tarot” para entender mejor cada carta y aunque no soy tan Jodorowskiana resultó un buen pie forzado para comenzar a interpretar. Al final del verano, volví con más dinero del que salí de casa.
Seguí yendo a ferias, en Talca -mi ciudad de origen- y en las plazas me encontraba con compañeros de colegios, amistades y desconocidos. Mis momentos favoritos era cuando me volvía a encontrar con esas personas y recibía retroalimentación del tipo “todo lo que dijiste se cumplió” cuando yo nunca hacía predicciones o, por el contrario, con mucha decepción un “no llegó ná ese amor”. Al poco tiempo llegó la pandemia, el encierro de un par de semanas se extendió y todos nos agobiamos.
A los meses del encierro, una amiga se fue a vivir conmigo y en la comodidad de nuestros pijamas, se nos ocurrió hacer “Noches de tarot” que consistían en subir una historia de Instagram desde su cuenta, donde invitaba a sus seguidores a solicitar un mensaje de las cartas a cambio de que nos retroalimentaran la lectura contándonos si asociaba o no a su vida, lo hacíamos tan seguido que muchos pensaban que era ella la que respondía sus inquietudes. Luego de un tiempo, abrí una cuenta de Instagram y comencé hacer lecturas por aporte voluntario.
Recuerdo que terminaba agotada de hacer tantas lecturas y no tenía claro el límite de cuánto tiempo responder. En esa experiencia, caí en cuenta de que las personas que más exigían energéticamente (una suma entre tiempo e intensidad) eran quienes menos aportaban o incluso al momento de tener que hacer un aporte monetario desaparecían y decidí comenzar a cobrar. La pandemia fue el momento ideal para el tarot y la ensoñación de poder vivir de este, yo me encontraba cursando mi último año de universidad y con la incertidumbre de cuánto duraría el encierro, trabajé virtualmente lo más que pude. Al desconfinarnos pensé en la posibilidad de vivir de leer las cartas ¿A quién no le gustaría hacer lo que te apasiona todo el día? Pero me faltó mirar en detalle cuáles eran las implicancias de vivir de este oficio tan incierto:
Para vivir del tarot, debes vender el tarot, uf, esta es de las cosas más obvias y me costó un montón. Sean sesiones, mazos, talleres o lo que se te ocurra, para vivir del tarot es necesario vender lo que haces y quizás puedes ser un buen lector de cartas, pero los consultantes no llegan por gracia divina ni el balance económico es sinónimo de tu capacidad de interpretar los naipes.
Nadie te dice o si te lo dicen, lo ignoras hasta que te sobrepasa que la demanda de las redes sociales es excesiva, puedes tener una técnica o un horario, dejar grabados todos los videos y tomadas todas las fotos del año, pero es imposible prever cuántos seguidores tendrás y quienes de ellos comprarán tus productos porque el algoritmo de las redes no es de libre acceso y a su vez, pueden cambiarlo cuando se les de la gana. No soy una experta en redes, pero hago el llamado a que no nos dejemos engañar por esta explotación laboral hacia un jefe con forma de satélite flotando en la órbita que te exige exponer tu imagen sobre tu trabajo; tu historia, tu vida, tu cotidiano atrae por sobre tu labor y es por eso que hay que preguntarse si tienes vocación de influencer o no. En mi caso, paso de eso. No soy capaz de subir material a diario.
Por último, pongo sobre la mesa el tema de la organización financiera: ahorrar, pagar cuentas y llevar tu estilo de vida como una persona que trabaja por freelance. Pero por sobre todo, invito a que pensemos quiénes son las personas que sí viven del tarot y cómo viven, hacer un cuestionamiento de clase y observar con ojos críticos si tienen o no otro ingreso. He visto muchas personas que tienen un buen pasar económico gracias a sus familias o parejas, lo que les permite desarrollarse libremente como tarotistas de tiempo completo porque no tienen que cumplir con llevar pan a la mesa y a su vez, muchas otras que perseveran teniendo otro empleo para cubrir con las necesidades básicas.
Con esto no quiero decir que no se debería perseverar en este sueño que es el de muchos, sino decir que es un sueño que ya no es mi sueño, que me duró poquito, que no sirvo para vender un producto durante un tiempo sostenido y que sí me motiva tirar las cartas en un picnic con amigas o utilizar sus imágenes para leer el mundo en claves nuevas.
Y para cerrar la reflexión, traigo al mago a nuestra sesión (me salió verso), les pregunto: ¿Qué truco te permites hacer con los objetos que tienes sobre la mesa? En mi caso, voy más por la idea de un truco experimental sobre uno profesional, sin la pulcritud de un mago que saca sombreros para una gran audiencia, pero con la audacia de probarlo igual, aunque salga mal.

[En la imágen: El mago/ El ambulante del Tarot del Trueno.]
*Para quienes llegaron hasta acá les dejo un proverbio Talquino que me acabo de inventar para sintetizar esta publicación: Es distinto comer completos que atender un carrito de la seis oriente.
Btw: No abriré lugar a la discusión sobre los completos mojados porque son simplemente, deliciosos. Sepan aceptar, pero sí acepto sugerencias de cuál es su completo favorito porque nunca está demás. -
Juicio final
[Esto es una reflexión real de hace algunos años, mezclada con cosas que no son reales de hace unos meses. Cada uno tome lo que quiera e inspírese de la penúltima carta del tarot.]
Después de clases se acercaron unos alumnos para entrevistarme, me preguntaron si consideraba haber hecho una cantidad suficiente de cosas buenas para acceder a una vida después de la muerte.
¿Y si no hay? Contra pregunté para no responder – Imagino que evadir preguntas de escolares suma a la lista de cosas malas o no buenas. –
¿Pero si la hubiera? Respondieron a coro.
Si así fuera ¿Soy yo quien tiene que juzgarlo? – cuestioné nuevamente, esperando que fuera San Pedro o Caronte quien decidiera por mí.
En este caso sí. Afirmaron.
Dudé, tenía una grabadora de voz frente a mi cara y a dos adolescentes queriendo terminar su trabajo de ética: Quizás sí. Respondí y se fueron felices. Aunque no, quizás no, probablemente no.
Recordé la vez en que le metí el pelo a un frasco de pintura a la niña que se sentaba al frente mío en el colegio y cómo su blusa blanca se iba tornando rojo Artel y sus rizos castaños se iban endureciendo sin que ella lo notara; también pensé en las palabras de mi amiga Rocío quien a los nueve años me decía que, si no hacíamos la mala acción del día, este no valdría la pena, mientras le dábamos vuelta la mochila a un compañerito.
Recordé cuando me agarré de las mechas con la vecina, aunque los motivos ya son difusos y cuando con la misma, nos volvimos amigas unos años más tarde y le pinchamos las ruedas del auto al pelao de la otra cuadra por hacer sufrir a su hermana que era varios años menor que él. De todas formas, creo que no cuenta como una tan mala acción.
Un olor externo, me hizo pensar en cuando junto a mi prima nos robamos la mariguana de su pololo después de un carrete y con los ojos chinos, negamos a muerte nuestro acto desleal.
En cuestión de segundos tuve un sinfín de reminiscencias: Las cuotas que no pagué, las personas a las que besé y no debía, los dedos que crucé tras la espalda. Además, nunca me ha gustado mucho esto de la meritocracia para adherirse al V.I.P espiritual. En caso de haber hecho tal cantidad de cosas buenas no tengo cómo saber si son acordes a la rúbrica de diosito o de quien haga la curatoría.
Miro la sala vacía con esas cortinas tristes que no protegen ni del frío ni del calor y me pregunto si habrá una prueba recuperativa o si es posible pelear hasta la última décima que me lleve al más allá o me haga volver al más acá y a su vez, creo que volver a vivir es más bien quedar repitiendo.
Sin resolver nada, me quedo con la duda y con la vergüenza de que un colega lea esta evaluación con nota inflada a la ética: Profesora de francés, 26 años considera que ha hecho lo suficiente para merecer una vida después de la muerte.

[En la imágen: Tarot del trueno, Tarot Rolichon de Octavio Alicera, Tarot Claridad de Belén Senlle]
-
Mudanza
Dicen que las mudanzas forman parte de las situaciones más estresantes que se pueden vivir, que son una mezcla de tensión y duelo de lo que se vivió en aquel espacio. Hace menos de un mes me cambié de casa, previo a este ya había atravesado varias mudanzas, pensaba que tenía claro cómo armar y desarmar mi caparazón, qué se deja, qué se vende, qué es lo imprescindible, qué se empaca primero, qué se empaca después y así; pero entendí que no, no tenía tan claro las cosas y en mi último cambio entendí por qué era tan agobiante moverse a un nuevo hogar.
Ya no eran veintidós naipes, unos cuantos libros, tres chaquetas de mezclilla dentro de mi mochila de viaje. Ahora tenía que hacerme cargo de mover una casa entera, lo construido a lo largo de los años y volver a reflexionar sobre lo que se queda y lo que se va; pintar la casa para la próxima persona que habitará ahí (lo que me llevó a pensar: ojalá haberla pintado antes para aprovechar la paz de esa pared lisa); deshacerme de todo lo que alguna vez dije me iba a servir para más adelante y se fue al cementerio de las cosas esperando a ser usadas; y limpiar con ganas cada pequeño espacio de la cocina para que nos devuelvan el mes de garantía.
Fue una mudanza lenta, incomparable con las doce o trece que había vivido a lo largo de mi vida. Ni si quiera tuve energía o tiempo para una lectura de cartas ni un gran ritual previo al “in-boxing” de mi vida. Pero ahora, sentada en mi nuevo sillón, mirando la cordillera y pienso: La torre.
Esa carta donde dos personajes se lanzan desde un balcón al que le cae un rayo de fuego en la cima y se despliegan un montón de circulitos de colores de repente tomó la forma de mi antiguo hogar, el amarillo desteñido por el sol del conjunto habitacional podría pasar como el color carne de la torre, las pelotitas de colores me hicieron pensar en el cachureo que metí entre cajas de cartón o a las cosas que terminé regalando a mis vecinos. La corona, lo más pesado de la mudanza de repente me recordó a mi cama, lo más pesado y difícil de mover durante este desplazamiento y los personajes que caen o se paran sobre sus manos, personificaron a mi compañero de casa y a mí, tomando caminos distintos.
Es extraño todo lo que uno se puede llegar a imaginar con las cartas, me vi a mi en el centro de la imagen, pies y manos afuera de la torre, aún con temas por resolver ya que el personaje no está de pie y luego vi a mi roomie, sólo se ven sus manos y la otra mitad del cuerpo parece estar dentro del inmueble. Me hizo todo el sentido del mundo, él se fue un mes después.
Encontrándome aún de cabeza, tal y como el personaje de los naipes, removí entre las cenizas, encontrando esa semilla fundacional para muchos de mis intereses: las cartas del tarot.
Encontré entre mis diarios, anotaciones de mis primeras lecturas, divagaciones, sueños, dibujos que explican delirios que tuve mirando los naipes durante muchas horas buscando que estos hablaran, se movieran, se sobrepusieran unos con otros o se transformaran entre ellos al barajarlos y me dieron ganas de escribir, de compartir estos textos y dibujos antiguos, recortes y collages de distintas épocas y épicas y ver, qué historias surge de ahora en adelante.
Por último, cabe destacar que todo esto lo hice pensando en el Tarot de Marsella (por si no se habían dado cuenta), pero no podría haberla sobrellevado sin las millones de tazas de café que me tomé a lo largo del proceso, por lo cuál La Torre del Tarot del Trueno o bien, La réplica como su nombre lo indica estuvo muy presente en este paso del mar a la cordillera.

[En la imágen: Tarot del trueno y TdM de Robledo]
Publicaciones recientes
Contacto
tarot.fauna@gmail.com
